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Travestismo femenino y matrimonios bostonianos

febrero 2, 2010

En el siglo XIX las relaciones románticas entre mujeres fueron públicamente reconocidas entre ellas. Algunas mujeres se cortaban el pelo y vestían ropas de hombre con la esperanza de lograr la misma libertad e independencia que gozaban los hombres. Crearse una identidad masculina iba a permitir que accedieran a trabajos más cualificados o en cualquier caso  tener mayores oportunidades con unos salarios más altos y una vida de aventuras que de otro modo  no hubiera estado a su alcance. Pero es que además llegaron a correrse juergas con prostitutas y a casarse con mujeres.

Había mujeres que se travestían solamente en ocasiones especiales, no aspiraban a pasar totalmente por hombre, un buen ejemplo es la escritora George Sand que lo hacía con el propósito de liberarse de las limitaciones del sexo femenino.

El travestismo implicaba la complicidad de otros, algunos sacerdotes aceptaban casar parejas de mujeres. Compañeros de trabajo, la familia iban a guardar el secreto y algunas ingenuas pensaban que sus amigas se habían transformado en hombre. La comunidad lo aprobó de forma provisional, con el tiempo empezaron a culpabilizar al miembro masculinizado, la ley prohibió el travestismo, que se consideró una conducta desordenada y una violación de los principios masculinos. Apareció de forma peorativa el apelativo de “georsandismo” para caricaturizar a las mujeres de comportamiento transgresor que osaban ponerse pantalones, las feministas de la época lo utilizaron como símbolo de rebeldía aunque ellas no vistieran pantalones.

Entre las clases medias victorianas muchas mujeres mantenían relaciones homosexuales. Surgían como una relación romántica en la escuela debido a la fuerte segregación de sexos de la época y en ocasiones duraban toda la vida. Culturalmente se permitía expresar amor emocional y físico que se consideraba distinto a las relaciones sexuales que se mantenía en las relaciones heterosexuales. Se expresaba mediante epístolas  que eran consideradas una expresión poética o literaria, pero que para las mujeres expresaba un amor real.

Sin embargo, a finales de siglo XIX  las nuevas profesiones, el acceso de la mujer a la universidad y la la disponibilidad de pisos y residencias para damas en Gran Bretaña y Estados Unidos hizo que muchas mujeres decidieran quedarse solteras, por ejemplo según un informe de 1909 solamente se casaron el 22% de las 3000 mujeres que ingresaron en la Universidad de Cambridge.

Los matrimonios bostonianos o femeninos eran públicamente conocidos y aceptados entre la clase alta aunque no lo eran entre la clase obrera. Las mujeres vivían juntas, celebraban reuniones familiares, compartían propiedades y dormían en la misma cama. No fue hasta la década de los 80 que médicos y teóricos comenzaron a desvalorizar a las trasvestidas y los amores románticos y las catalogaron como invertidas sexuales o lesbianas.

Fuente: Historia de las mujeres El siglo XIX  de Georges Duby y Michelle Perrot

La monja alferez, Catalina de Erauso

septiembre 1, 2008

Uno de los personajes más fascinantes y curiosos del Siglo de Oro español es Catalina de Euraso, apodada como la monja alférez.Su vida está plagada de peripecias y aventuras.

Nacida en San Sebastián en 1592 era hija de un militar. A los 4 años fue internada en el convento el “Antiguo” de S. Sebastián donde una de sus tías era la madre superiora. Sin embargo su carácter rebelde y una discusión con una novicia de la que recibió con buenos golpes la impulsaron a escaparse del convento vestida de labriego cuando apenas contaba 15 años.

Vestida de hombre se embarcó como grumete hacia las Indias donde trabajó de comerciante de telas pero sus amoríos y sus lances caballerescos, todos la consideran un hombre, la obligan a huir.

Consigue hacerse soldado y en una batalla contra los indios araucanos es ascendida a alférez por su valentía. Su identidad posiblemente hubiera pasado desapercibida toda la vida si una herida de gravedad no la hubiera obligado a confesar a un obispo su verdadera identidad. La noticia se extendió por toda América y regresó a España donde la recibió Felipe IV que le otorgó una pensión de 800 escudos.

Fue la primera mujer de la historia que atravesó los Andes pero esta no fue su única proeza porque en plena época de la Inquisición consiguió que el Papa Urbano VIII le otorgase una dispensa para poder vestirse de hombre durante toda su vida.

En sus memorias Catalina reconoce abiertamente que le gustan las mujeres sin embargo los médicos de la época insisten en catalogarla como hermafrodita y no como lesbiana. Un documento de la época la describe: “alta, demasiado fuerte, sin senos; quitándole las ropas masculinas más parecía un castrado que una hembra”.

Solicitó que la destinaran a Nápoles con la graducación deCapitán pero como le fue denegado, volvió a embarcarse hacia las américas. Finalmente desaparece en el desierto de Veracruz, Méjico.